miércoles, 21 de abril de 2010

If you like peaches...


No sabía si su negativa a comer berenjenas en escabeche provenía de su casi natural cuidado en todo lo concerniente a su trabajo en la atención al público, o bien era un mandato, de los tantos, heredados en su infancia. No era ese el motivo de su preocupación, sino el hecho de que sentía que cada vez eran más y más las cosas que ignoraba, por el solo hecho de no animarse.

Ya no era la primera vez, ni siquiera la primera en la semana, que se reconocía ignorando cosas que por principios negaba. Y lo que más ruido le hacía, era precisamente la confusión que su cabeza tenía en ese punto: ¿es realmente que me disgusta o sólo la costumbre me hace rechazar lo que no conozco?


De todos modos, volvió a rechazar el plato del día, pero jurándose animarse el próximo viernes, donde incluso, si encontrara compañía, regaría su almuerzo de las 15 con una copa de tinto de la casa, antes de cumplir con las 2 horas que le quedaran hasta terminar la semana laboral.

Ese otro asunto, el de la compañía, también le hacía mover un poco el piso. No podía dejar de pensar en Belu, la de contaduría, que cada vez le gustaba más. O al menos eso creía. O si no, cómo se llama eso de imaginarla en todos los lugares posibles, en todas las posturas habitualmente designadas para nuestra media naranja (o medio pomelo, elija usted la fruta); qué nombre ponerle a esa imagen de la muchacha de asombrosa similitud con Carla Bruni (la joven, la de hace unos 15 años, no la primera dama), asomándose en cada rincón de sus sueños, su subconsciente y su deseo.

Para colmo, Belu tenía dos cualidades muy molestas a la hora de olvidarla: por un lado, era muy simpática, atenta, solícita y servicial. Todo lo que uno desearía de una empleada que tiene que lidiar con gerentes y con la tesorería. Por el otro, parecía tirarle onda. Mil veces pensó que la segunda era una consecuencia afiebrada de la primera, hasta convencerse. Pero dejó de pensar así cuando vio reiterados intentos de los cuasigalanes de cobranzas, facturación, cadetería, rechazados con elegancia pero con seguridad de back central de los de antes. El centro de los alienados metrosexuales chocaba de frente contra su sonrisa iluminadora, mas tenía el efecto de un gammexane.

Su tan mentada responsabilidad, sumada al hecho de su reciente ascenso en el sector, le hacía prácticamente imposible intentar algo con la morocha (que, sin ser preciosa, tenía un porte y una presencia que le permitían llevar orgullosamente la definición "está como un tren"), por muchas causas. Una era, sin dudas, que ni por asomo se expondría a que se hablara de sus amoríos ahora que ya no era "del llano". El tan mentado qué dirán, otra vez, le impedía siquiera la prueba.

Otra muy buena razón era la historia de la empresa: si bien era un secreto a voces que varios gerentes/jefes/etc tenían relaciones más que cercanas con empleados, no menos sabido era que todas, a la larga (muy pocas) o a la muy corta -y a veces antes...-, todas se habían hecho públicas y con resultados nefastos para las carreras de los involucrados. Ah, y para la relación en sí.

Pero su caso no sería así, claro que no. No había en su espíritu, hoy, ganas de dejarse amedrentar por cosas que no vivió en carne propia. No quería, ya, evitar los problemas sin sentir la adrenalina de tenerlos latiendo en sus piernas, en su sien, en su corazón a cada minuto más expectante del taconeo de las kilométricas piernas de Belu gastando el pasillo. Si tan sólo fuera cierta su intuición. Si hubiera forma de animarse.

Una y cien, doscientas, tres mil veces, tuvo la oportunidad de sacarse la duda; almorzaban en el mismo lugar y en el mismo horario (toda una casualidad según la morocha, que desconocía todas las maniobras realizadas para tal "coincidencia"). Iban al mismo gimnasio, para aprovechar que si llegan a casa no salen más. Habían cenado despidiendo el año, pasados todos los asistentes de alcohol, y despegado hacia un boliche. Belu había viajado, muy borracha y en tren confesional y despechado, en su auto, más de una vez.

Su concepción del deber ser, cada vez más, resultábale una mochila demasiado pesada, pero tan arraigada que de veras sintió desfallecer una noche que, tratando de llegar hasta el fondo de la cuestión y decidirse entre una respetuosa relación laboral exenta de piel por propia voluntad, o hacer un histórico piletazo sin mirar al menos qué tan honda venía la cosa, la mañana la encontró con los ojos destruidos de no dormir y ver con pasmo el sol de las ocho en su ventana de miércoles. El día, miércoles.

Y no fue sólo una vez.

Así que resolvió, por una vez y tal vez desde ahora y para siempre, romper el caparazón de inseguridades disfrazadas de certezas ajenas, jugarse la ropa a un solo número, plata o mierda, gloria o Devoto. Era su vida, qué mierda, y si no me quieren con mi novia acá me iré, nos iremos si ella quiere, que esté llena o vacía lo sabré cuando me tire a la pileta.

Belu recién entraba a su depto, cuando en el aire sonó el celular que, dentro del bolso, había arrojado al sillón. Sin sorpresa, casi como quien espera algo que tarda pero llega, vio en la pantalla de su V8:

MALENA
LLAMANDO

Persígnate, man!

Últimamente, se ha dado cuenta de que esa presunción de que el servicio meteorológico no sirve es de una falsedad manifiesta, ya que no recuerda la última vez que anunciaron tormentas, y alertas, y que no se haya concretado en una lluvia de los mil demonios, con anegamiento de calles y espejos de agua en las rutas.

No podía creer semejante precisión, y tampoco podía desempañar el parabrisas. Entendía el principio físico, pero se dedicaba a dar fuerza al motor del ventilador, de modo que el 70% del vidrio quedaba limpio, pero le faltaba disipar el vapor condensado de la parte superior del mismo. Atentaba contra la consecución del objetivo la baja considerable de la temperatura, y ese nuevo dato climático no le dejaba mantener el aire acondicionado (direccionado hacia el parabrisas) todo lo que hubiera deseado o lo que hubiese necesitado la situación.

No podía creer lo rápido que pasa el tiempo, qué lo parió, ya estamos en abril; y a las seis ya es medio de noche si está nublado y llueve, y cada vez más rápido nos metemos adentro, cuando se quiere acordar ya estamos cerrando el año.

Llegando a la autopista, los camiones y colectivos se dirigían a una protesta, y le sorprendió la cantidad de micros recorriendo un camino no frecuente, hacia el centro del pueblo, y no podía creer que con semejante día la protesta de apoyo, así como suena, se concretase de igual modo.

Estamos tan mal que no se nota, pensó.

Hablando de colectivos, le llamó la atención la cantidad de gente esperando el rápido, y también lo mal diseñada que está la bajada de la autopista, con el tránsito sin interrupciones de los camiones que suben, bajan, se cruzan, y los transeúntes desprotegidos (y sin una vereda como la gente) que esquivan a los paquidermos de la verdad láctea.

No podía creer la poca previsión de una mujer que, saliendo casi de la nada en esa mañana horrible de abril, a punto de atravesar la ruta en dirección al refugio del bondi, sólo mirase hacia su derecha, la mano más lejana hacia donde debía dirigirse, y que ni siquiera hubiera parecido percatarse de que lo que pasaba debajo de sus zapatos embarrados no era la banquina, sino la mano en la que circulaba él con su auto, despreocupado e indolente debido a que no había autos ni camiones en la zona.

No podía creer la velocidad con que la vida cambia, y cómo en cuestión de segundos, la subnormal que se lanzó a cruzar sin mirar hacia la ruta pasaba a ser una madre ejemplar, trabajadora a destajo en casas con cama adentro, que se dedicaba a criar a los cuatro hijos y a mantener al marido jubilado injustamente que se ven en la pantalla del noticiero, y segundos más tarde, cómo sería recategorizado como un nuevo asesino al volante destructor de familias, escoria de la sociedad que vive atropellando con todo lo que tiene, autos, prepotencia, soberbia.

Trató de sacar la vista de la pantalla mientras seguían buscando al policía que le tomará declaración; sólo se permitió volver a girar su golpeada cabeza cuando escuchó al locutor anunciar que pasarían a adelantar el pronóstico.

Había alerta de lluvias y recomendaban salir con tiempo, ya que el asfalto estará mojado.

miércoles, 7 de abril de 2010

Lo que se hereda...

Yeyo sí que las hizo todas. Y si bien lo conocí poco, les puedo hacer una semblanza de lo que era, de lo que fue, y de por qué digo que las hizo todas.
Nació hace casi 100 años, en el ’12. Acá, en General Rodríguez, donde en ese momento todos se conocían por el nombre o por ser el hijo de. Desde chico, siendo el segundo de cinco, se dedicó a dibujar y putear, encarando ambas actividades con singular éxito.
Todavía hoy, Dardo, su cuarto hermano, se ríe al acordarse de la mañana en que él y Élida, la única mujer, se iban hacia la parroquia a tomar la primera comunión; dice Dardo que la niña corría tras él, intentando alcanzarlo, mientras Yeyo desgranaba su rosario de insultos: “curas de mierda y la puta que los parió, este moñito de mierrrrda que me pusieron”, y demases etcéteras. Dicen que le pusieron unos cachos de cirio pascual al Cristo crucificado, para poder seguir la ceremonia en paz.
Apasionado del fútbol, y de su Alem (ambos, el club y el presidente), no dudó en poner el hombro, y las manos, y las piernas, y no me cabe ninguna duda que el cerebro para los planos también, cuando hubo que levantar primero el gimnasio donde muchos años depués yo “jugué al basket” (ahórrenme el penoso detalle de mi experiencia en la zona pintada), y sobre todo, levantando las tribunas del estadio de fútbol de Brown y Avellaneda. Todo esto, documentado fotográficamente.
Porque era un obsesivo de la fotografía. Bah, de lo gráfico, en general. Y además, tenía la costumbre de colocar, en las fotos, la fecha, el evento y los nombres de los fotografiados. Se ve que es de familia, Dardo es obsesivo de la memoria, hecho que plasmó en libros de historia, y Oscar, el menor de todos, es una luz con los números.
Se la pasaba dibujando. Planos, casas, deportistas, aviones, historietas. Y nada mal, por cierto. Harto conocida era su habilidad para realizar planos, no siendo arquitecto. Tanto le gustaba y tan bien lo hacía, que incluso ilustró varias tapas de El Gráfico, cuando la fotografía y fotochot eran, ambas, cosas todavía inalcanzables para una revista semanal. De hecho, el logo de La Serenísima, que el mismo Pascual le encargó, ese que vemos en todos los sachet, los yogurísimo, los camiones, está creado por Yeyo. Decía Porota que se lo pagaron once pesos de la época, pero nunca me supo decir qué se compraba con eso en sus tiempos (y menos, en qué fueron quemados esos once pesos; creo que esto nunca lo sabría).
Y le gustaba un poquito la joda. Y la noche. Y andar de casa en casa, o en la suya misma, tocando el arpa (lo hizo hasta su último día con movilidad), la guitarra, acompañando a quien se prendiera, o a su hija al piano, comiendo unas empanadas, un asado, o aire, pero siempre con el vaso lleno. Incluso, hay varios documentos fotográficos que lo muestran al lado de las estrellas del momento, a veces hablando, a veces mirando de reojo un escote, muchas veces tocando el arpa, siempre con un vaso en la mano y una mesa larga como escenografía. Por eso, eligió vivir esa vida hasta que le sonó la alarma de la cuarta década.
Y ahí se casó con una mujer que, sabía, no le iba a dejar mucha soga (igual, se las arreglaba bastante…), pero que lo iba a contener, y sobre todo, le iba a dar una familia de la cual sentirse orgulloso.
Ya de grande, cuando me tocó coexistir, lo veía salir a media mañana para “el pueblo”, que es lo que los rodriguenses del lado sur tenemos como el lado norte, con la Intendencia, el banco Provincia, la parroquia, en fin, la vida social. Y cuando, por fin, me consideró apto para la aventura, me dio mi primer trabajo, cuando por salir “a medir” (es decir, encarar para el pueblo, boludear un rato largo, hablar con todo el mundo, saludarse con casi todos y después largar el comentario ácido o el sobrenombre justo, íbamos hacia algún terreno o alguna casa y, mate y galletitas mediante, yo le tenía la punta de la cinta metálica esa que se enrolla sola, él medía, anotaba en un lápiz y luego, después de 3 horas, volvíamos a almorzar), me pagaba, a guita de ahora, 3 pesos. Para un pibe de 6 años, era ser millonario. Los primeros tiempos, me preocupaba, porque el acto protocolar, léase, la recorrida por el pueblo, normalmente nos llevaba hasta las once y media, y por ahí nos volvíamos sin la tarea hecha. Entonces temía no cobrar, hasta que me di cuenta que mi trabajo, realmente, era ser su pantalla para la recorrida mañanera. Y ahí me relajé.
Otra cosa que recuerdo era que en casa se comía asado día por medio. Martes, jueves, y sábado/domingo, mi viejo y Yeyo armaban el fuego, José y yo rompíamos los huevos, y las mujeres comían adentro, mientras los hombres lo hacíamos al lado de la parrilla. Era una fiesta que no dejaba de organizarse; la parrilla no se lograba enfriar, que ya estaba acobijada de carne por arriba, y embrasada at down side.
Algo que me sorprendía, era que normalmente tenía un humor de mierda. Se la pasaba rezongando, puteando, y quejándose de todo lo que pudiera. Y de repente, a las carcajadas limpias, te daba vuelta como una media tu humor también, y largaba comentarios siempre tan justos, que era difícil no reírte con él. Luego, lo que no me sorprendió fue que su hija y José fueran iguales (entre sí y a él). A partir de ese momento, la genética dejó de ser un misterio para mí.
Un tercio de mi vida lo tuve al lado, y hoy se cumplen otros dos. Hace veinte años que se fue, y hubiera estado bueno tenerlo al lado más tiempo. Pero como todo en la vida no se puede, con haber tenido la decisión de hablar un poco de él, y recordarlo en esta forma, me doy por satisfecho.
¿Te habrán dado un lápiz, al menos? Esos gorditos putos, los que le revolotean al viejo de barba, seguro que el arpa te la escondieron, de puro envidiosos que son, nomás.


lunes, 29 de marzo de 2010

Un día te das vuelta y ella ya no está....


Si pudiéramos ser absolutamente sinceros, yo te podría decir que no estoy seguro de poder hacerte feliz.

No sé si podré evitar llamarte cuando tenga ganas, solamente a ver si vos tenés un poco de ganas de escucharme.

No creo estar dispuesto a dejar de pensar en qué restaurant harán la mejor comida fusión para que descubramos que al final somos 2 brutos en el arte culinario.

Tampoco sé si me va a salir el tuco casero que hacía mi abuela, hace tanto que no lo cocino que es muy probable que deba practicarlo más. Y lo que sí va a pasar es que se me pase lo de comprar queso rallado, porque siendo egoísta como soy, capaz que ni lo tenga presente, ya que yo no lo consumo.

Aunque sí puedo garantizar que trataré de llamar al delivey (y de salir yo mismo a recibir y pagar) para que no sientas que me vanaglorio de esperarte las noches que llegás tarde, con la comida hecha. Resuelta sí, pero bajemos las expectativas que muchas veces no cocinaré.

No voy a concederte el dudoso privilegio de ir a verte jugar toooooodos los sábados. Es más, me animaría a decir que seguramente faltaré a uno de cada dos partidos. Y ni hablar que no me voy a llevar barritas de cereal; termo con mate y unas faturas!

No insistas: los domingos se han creado para negociar. Si vamos a comer a la casa de algún suegro, seguro que el próximo domingo hay que alternar. O bien nos quedamos en casa. O nos vamos por ahí (el cine del domingo con lluvia es im-pa-ga-ble).

Te la vas a tener que aguantar: me gusta hablar de los discos que me compro, explicar de dónde sale este ritmo, quién es tal músico que nombra este otro, ponerlo una y otra vez hasta descubrir qué es lo que me atrae de esa canción que no puedo dejar de escuchar como un idiota. Y a otra cosa que no renuncio es a la tentación de buscar ese tema que me hace acordar a vos, y decírtelo.


Y bueno, sí, leer es un problema para vos, pero es parte de mi trabajo. Necesito el relax para leer, tanto como la música para sentirme vivo. Y como la lectura y la música no siempre se repelen, a veces puedo hacer ambas cosas a la vez, con lo que en vez de restar el doble, anulo y quedo en cero. Vaya tachando...

Hablando de música...te recuerdo que en muchos lados nos reciben y tratan muy bien, nos invitan a cenar, y estamos del lado de adentro del bar, y se bebe más rico cuando se bebe de arriba...Además por ahí nos vamos de gira y podés hacer tu vida sin mí esos días, aprovechar de hacer todas las cosas que yo te impido.

Y, mirá lo que te digo, quién te dice que ahora que registramos temas, no nos hagamos millonarios.

Me encanta vivir solo y manejar mis tiempos, pero muchas veces me ha pasado de encontrarme haciendo un repaso de lo bien que me está yendo en muchas de las actividades que emprendí, y no tener con quién compartir dicha dicha. Roncho es un gran perro, pero no me entiende...ni yo a él.

Hasta en algunas situaciones pienso qué mejor se vería mi casa, transformado en un hogar (o sea, con un toque femenino que dice mi amigo Sebo que le falta a mi penjáus desde hace años).

Posiblemente, no podría introducirte, a fuerza de regalos o de comentarios malintencionados, en un mundo que no fuera el tuyo; no me veo regalándote ropa fashion ni yendo al MalBa todos los lunes, ni pidiéndote un color nuevo de cabello, porque, además, ¿qué te hace pensar que me vas a gustar más si en vez de una remera de tres tiras, te ponés una remera de cinco gambas? No tiene sentido!

Además, si hay algo que no te debe gustar es que te den la razón; hace un tiempo te vanagloriabas de que las mujeres "tenemos a los hombres donde queremos, como queremos y cuando queremos". Eso no viene sucediendo, pero yo creo que debe ser puro capricho, y que a vos no te termina de disgustar la idea de que todo en la vida sea sufrido. Qué sé yo, vivir en una novela del siglo XIX es algo con lo que no comulgo, pero que no deja de ser atractivo, se ve.

Por un lado, es bueno que no tenga la chance de comprobarlo, ¿no? Son demasiadas cosas las que estoy haciendo (y quiero hacer) al revés de como las estás llevando adelante, hay mucha diferencia entre lo que vos demostrás que te gusta de un hombre y lo que yo quisiera compartir con vos...Mejor dejémoslo ahí, no creo que pueda hacerte feliz.

A menos que ahora no lo seas...y ahí tendríamos que sentarnos y ver.

No sé, yo te la tiro, vos fijate.

Las bonitas la desean...


Hace unos meses, obligado por el clima impiadoso pero siempre efectivo del carnaval de Montevideo (llueve día por medio), para aprovechar mi estadía semanal en la ciudad uruguaya y la tregua que daba la tormenta, me fui a Cinemateca a ver lo que hubiera, ya que a falta de conocimiento, ganas de tomarme taxis, y de ofertas interesantes en la cartelera, la resignación y el cine a 3 cuadras del hotel ganó la pulseada.

De todos modos, la peli prometía, ya que los alemanes, al decir de mi colega Krauth, "han empezado a hacer cine", y lo vienen demostrando más que muy seguido.

Así que ahí fuimos, a encararle a "La suerte de Emma" (Emmas's glück), que no es estreno, sino una peli del 2006. No tiene actores conocidos por el gran público (del que formo parte, a diferencia del "público de cine arte", en el cual no me postularía para ingresar, ni nadie aceptaría mi ingreso), ni el director (Sven Taddicken) es el de Avatar, y no te daban ni un vale para pochoclos con descuento. Pero salí con la panza llena de cine, y les trataré de explicar por qué.

Básicamente, la peli cuenta una historia. Una linda historia. Que no necesariamente es una de esas tramas románticas que empalagan la pantalla grande primero y los 8 canales de cable después, pero no deja de ser romántica.

Emma (Jördis Triebel) es una muchacha de mediana edad, que se hizo cargo de una granja familiar -heredada de sus abuelos-, en la que vivía encargándose de todos los quehaceres de la misma, y además realizando la penosa tarea de matar los cerdos que criaba (porque no se puede vivir del amor). Pero descubrió una forma de alivianar su labor de verdugo: ya que vamos a matar, por qué también le agregamos la adrenalina de llevarlos al cadalso. Entonces, los llevaba bajo la sombra de un árbol, los abrazaba, los acariciaba, los tranquilizaba, hasta que encontraba una nula resistencia y allí, sin dolor ni sufrimiento, los degollaba. En eso, sólo en eso, consistía su arte.

Incluso, en una escena, la amenazan con no comprarle más porcinos, dado que el veterinario no encontraba el pinchazo de la inyección del tranquilizante. Peligros de la vida moderna...

Por el otro lado, Max (Jürgen Vogel), enfrenta un diagnóstico de cáncer de páncreas bastante avanzado, de la mejor manera que puede: es decir, roba guita de un auto vendido en negro por su compinche de la concesionaria de autos donde ambos trabajan, y se saca un pasaje a Perú, para vivir sus últimos días en las ruinas de Macchu Picchu. En su raid, y perseguido por su ex socio, desbarranca y cae justamente en la granja de Emma. Algo le pasa a la granjera, quien socorre a Max y casi en el mismo momento, se enamora de él y lo cuida como una monja de clausura.

Aunque, seamos veraces y contémosla completa, descubre el tupper con los 7500 euros y los encanuta. Ah, y quema el auto para que no queden rastros...

Max, una vez repuesto, empieza a transformar su visión de la vida (esto es, empieza a vivir un poco, dejando de pensar en la murte), a la vez que también comienza a modificar cosas de la vida de Emma. Como inicio, le da vuelta la cocina, habitualmente un desastre de mugre y desorden, y lo hace ver como un restó francés. Los caracteres femenino y masculino, entran en una dialéctica fantástica.

Emma abre el juego a su femineidad, bastante relegada por su trabajo en la granja y por no necesitarla; era cortejada por un policía de pueblo, bastante atolondrado y con un Edipo tan patotero, que lo obligaba a llevar SIEMPRE a su mamá (fumando y gritándole al mejor estilo de los hooligans del Hamburgo o el Shalke 04), en el asiento trasero del patrullero. Ella quiere convencer a su hijo de lo que está a la vista: que Emma es demasiado para él.

Max, entretanto, en su tarea de transformar la pocilga en un palacio, encuentra su dinero, y luego de estudiar la reacción de Emma, decide usarlo para pagar las grandes deudas que amenazaban con un remate inminente de la granja. A todo esto, la salud de Max oscila entre la mejoría notable y unas recaídas machazas, pero Emma, ya toda una sensual mujer con aires hasta de Geisha, reduce al máximo su dolor, mostrándole una vida posible, enseñándole que el concepto de calidad de vida no es propiedad exclusiva de los médicos.

De hecho, Max es hospitalizado, pero decide (porque su enamorada no podía pasar a verlo) casarse con Emma y vivir en su granja (la granja de ella), dando formalidad a la unión de dos "diferentes", dos personas fuera de lo común. En esta obra que oscila entre la comedia y el drama, donde temáticas serias y duras (como el cáncer) no dejan de mostrar un punto de vista donde el humor se mantenga como forma de contar, el final no es muy soprendente, ni cambia nada de sus méritos, que yo diga que, llegada su hora, Max es trasladado por Emma en brazos (de nuevo invirtiendo los géneros) hasta aquel árbol...

Aparentemente, según me entero luego, esta peli ganó bastantes premios de esos festivales de cine independiente, por lo que, al final, capaz que los cultores del cine arte y yo, no estamos tan lejos como creíamos. Ambos.




domingo, 21 de marzo de 2010

A propósito del otoño...


Les dejo un texto de la murga uruguaya Agarrate Catalina, que es realmente conmovedor, además de brillantemente cantado por Freddy Bessio (aka) el zurdo.

“La niebla lo invade todo. Este cuarto que no eligió, este mundo que no es el suyo, estos ojos desconocidos que la miran y la buscan, y que aseguran conocerla. Acá la niebla. Más allá, también la niebla.


En sus manos viejas como piel de papel, en los ojos alejados, en los huesos de antiguo barro valiente, todavía caminante. Y en el medio de toda la niebla, ella. De espaldas a las ventanas derrumbadas de su presente baldío. De frente al abismo de su pasado, al velatorio continuo de sus memorias desvencijadas, famélicas, suicidas. A veces un sorbo de sol tibio la separa de la niebla y una lucidez con vida de mariposa de dos segundos desesperada y heroica, consigue traer a sus padres, juntar nombres con rostros, revivir un domingo hecho del tiempo en el que su amor está siempre vivo, en el que siempre hay baile y en donde siempre hay risa, y en donde siempre es feliz como era. Un instante más y la mariposa caerá aplastada bajo el plomo implacable de una niebla invencible. Beso su mejilla, ya incalculablemente distante. Me pregunta quien soy. La niebla, otra vez, lo invade todo. “

Solita en un rincón,
de un tiempo que murió,
hace algún tiempo atrás,
sin horas ni reloj.
Ausente en ese vals
de cínico compás,
bailando en un montón
de niebla y soledad.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que puedo recordar
tus caricias,
piel de sol y terciopelo.
Perdida entre tu piel
se rie tu niñez,
se rie y vos te vas;
te abrazo donde estés.
Y yo no sé,
no sé como llegar,
y solo sé,
tan solo sé cantar
y agradecer
que pude disfrutar
de tus mimos de budín
y caramelo.

"La Niebla", de Agarrate Catalina, del espectáculo "El viaje", ganador del Carnaval 2008.

sábado, 20 de marzo de 2010

Qué habré pagado en el último peaje...


El tránsito estaba complicado, pero no más de lo habitual. De todos modos, seis y media era un buen número, si tenía que llegar a Flores a las siete. El calor de diciembre se hacía sentir, y probablemente influyera en su estado de ánimo, la altura de su ajetreado año, con separación incluida. Como los últimos martes desde, al menos, octubre, era difícil hacer rápido el obligado paso por el peaje de Parque Leloir, con lo cual tuvo que desviarse al nuevo callejón que abrieron, a modo de ampliación, con preferencia para camiones.

Tratando de asegurarse cambio para pagar la cancha de fútbol (acontecimiento que lo obligaba a viajar cada martes), los peajes del regreso y la ropa del laverap, tomó un billete de cien y lo puso en el portamonedas, esperando su turno atrás del Clío con calcos de Los Piojos y Chango Mar del Tuyú. “Si uno de cada tres que tiene calco de Chango fue a ese boliche, ya pasó medio país”, pensó.

Algo que le llamaba la atención de las cabinas de ese puesto de peaje, era que las chicas que había visto trabajando en ellas, no le parecieron nunca lindas, y eso que había visto cientas, por no decir miles. Prueba de ese hecho, es que no se acordaba ni aunque quisiera de ninguna de sus caras. Y había enarbolado una teoría para los McDonald´s, que se aplicaba a este caso. Y que decía que, presentándose una señorita de aceptable belleza a solicitarle trabajo al payaso o a sus clérigos, éstos le agradecían la visita pero le solicitaban, en tono imperativo, datos de alguna prima fea para, a esa sí, darle el puesto. “Si no, no se explica semejante concentración”.

De todo eso se olvidó cuando vio a la peajista (peajera es poco descriptivo, además de un poco tendencioso), ya que, al margen de que le hacía acordar mucho a alguien, una sola se encargó de desarmar la teoría sostenida por miles de anónimas, y no tan anónimas si se ponen el cartelito –y en el mismo no dice, ponéle, “Andrés Gómez”- muchachas cobradoras. No era de una belleza arrolladora, pero sí una muy interesante rubia, con el pelo enrulado (ya sumó mucho) y un anillo tatuado en su anular izquierdo. OK, no son muchos datos, pero acuérdense dónde la vio, cómo, cuánto apuro tenía, y sobre todo, cuánto tiempo puede pasar antes de que los elegantísimos representados por el gremialista Moyano usen sus instrumentos de tortura auditiva. De todos modos, se felicitó por pagar con un Roca, que le dio unos segundos de changüí. Y antes de poner primera, volviendo a mirar de reojo a la cabina, creyó ver una sonrisa metida de contrabando, dirigida a él. Sabía que no iba a poder dormir luego de eso.

Los últimos días de diciembre desataron el furor turístico de la época, con muchísima movilidad de coches, con más trabajo para los peajes, y eso no siempre es negativo, ya que algún jefe se apiada de sus empleados, y se levantan las barreras para que el coro de bocinas no sea un instrumento válido para la protesta (y aún así muchos pasan gratarola y apoyando sus delicadísimas manos en el volante haciendo de su queja un sinsentido). Y lo invadía la sensación agridulce de ahorrarse $3,20, pero de perder la mínima chance de avanzar en lo que él creía un algo con la peajista. Por las dudas, se metió en el mismo callejón, intentó ir hacia la misma cabina, y sus predicciones fueron acertadas, ella estaba ahí. Sólo que con el vidrio cerrado, ya que por un rato tenía que obedecer y dejarnos pasar. Y allí, por segunda vez, volvió a creer haberla visto sonreírle, a través de ese cristal semipolarizado que dejaba mucho lugar a la imaginación, y con mucho menos tiempo aún de hacer nada, urgido como estaba por pasar y no detener a los demás enfurecidos ventajeros.

Los días siguientes, hasta el próximo martes, fueron larguísimos, y miles y miles las cosas que pensó para generar el acercamiento. Ninguna le pareció viable (muchas incluían elementos fantásticos e imposibles, tan ridículos que huelga mencionarlos), y la mejor fue anotar en uno de los papelitos del peaje su teléfono y nombre, agregando “quiero conocerte y no sé cómo hacer, llamáme”. Cansado de pensar boludeces, se felicitó y renunció a mejorar ideas, quedándose con esa. Pero ese martes no encontró a su objeto de desvelo. Pensó que podía estar de vacaciones, y eso lo tranquilizó un poco. Se acordó que en dos semanas él mismo saldría de vacaciones, y dejó de estar tan calmo.

Saber que el dolor que tenía, ahora, en la pierna, lo alejaría del fútbol, y por ende, del peaje hasta la vuelta de sus vacaciones, lo puso peor. Y empezar a considerar opciones negativas, que es lo que hace todo mortal con tiempo al pedo, lo llevó a razonar que por ahí renunciara, la echaran, y nunca nunca nunca más podría saber de ella.

Hasta que marzo lo encontró curado, y retomó el fútbol. La costumbre de pasar por esa cabina no la dejó, pero no eran los horarios ni los días de siempre los que lo encontraban viajando par a allá, así que la esperanza se renovó ese martes. Antes, él creía, deseaba, imaginaba, quería ver, la sonrisa de la peajista. Esta vez, ella no estaba en la segunda cabina, sino en la primera. Ya no había chance de poner marcha atrás y cambiar de carril, pero quiso probar sosteniendo la mirada a través del fierrerío y las columnas y los camiones. Y ahí sí, lo confirmó. Ella le sonrió, al final de ese cruce de miradas, sostenido por ambos sin ganas de cortarse.

Envalentonado, le preguntó a quien le cobraba (con cien, obvio, para demorar un poco), cómo se llamaba.

-Zaida- le contestó.

-¿Y el apellido?- apretó él, consciente de los cuasimilagros del facebook. Con el nombre no alcanzaría…

-Ah, no lo sé, pero tiene el cartelito…-quien me hablaba, no lo atendía, pero por la cara que le puso él, entendió. –Ah, claro…vos pasaste por acá…eh…no, pero no lo sé.


De todos modos, ya el hecho de averiguar algo y que la peajera supiese de su interés, pues no dudaba que la gordita le contaría a Zaida, ya era un gran avance. Bueno, gran no. Pero algo había.

Cuando le dejaron de temblar las piernas, él pensó mucho en la sonrisa de Zaida, en cuántos sufrirán eso mismo que a él le pasaba, si era una mirona que disfrutaba eso, y también pensaba en cómo sería el sistema de rotación de cabinas. No lo entendía. Otra cosa que no entendía era la cantidad importante de policías que siempre veía en cada puesto de peaje. No tenían entidad para multar a los infractores. No hacían controles a los automovilistas como a veces hacen en las rutas. No hacían cumplir la reglamentación (que inventó algún genio que trabaja en la cabina) que se anuncia en los carteles: “prohibido tocar bocina”. Realmente, le parecía ociosa esa presencia…

Esperando un buen güiño del destino, encaró el martes hacia la primer cabina del callejón. No tuvo suerte, y de hecho ni siquiera pudo divisar las otras casillas, con lo cual su decepción sólo fue superada por la sorpresa que le causó la seña de un policía que lo instó a detenerse inmediatamente que terminó de abonar. Vio la cara del oficial, también, transfigurada por la sensación que da hacer algo que no entendemos. Él miró por el espejo retrovisor, y vio una cabellera ondulada y rubia asomándose por la tercera cabina. Entonces, él entendió. Y sonrió.

jueves, 18 de marzo de 2010

I`m waiting for the (wo)man




No quería que me malentendieras,
Quería que lo pidieras esta vez…
No cambiaste ni una vez de vereda,
Caminar por el cordón te oxigena.

Cómo hacer, para tomarte en serio
Hoy o alguna vez…

Escucharte proponer que me fuera
A desandar con vos las carreteras…
¿vos querías que te malentendiera?
Yo que no te arrepintieras esta vez.

Una vuelta y otra vuelta más,
Espero no te pierdas, quién te va a ir a buscar.

Para qué,
Tanta tierra, tanta espera si después
Te olvidás
De mis idas, de tus vueltas y te vas…
Sin despedirte vás…
Siempre es igual, vivo como un sueño sin paz.

No busqué que me defenestraras,
Sólo que ya me indultaras de una vez…
Pero otra vez me tomé del codo y sueño,
Riéndome de las almas que soy dueño.

Cómo hacer, para tomarte en serio de una vez…

Saber que soy un sol, aunque tu sombra
Es custodiada por expertos, tal vez.
No quería que otra vez me dolieras,
Quise no equivocarme de nuevo, y ya lo ves…

Para qué,
Tanta tierra, tanta espera si después
Te olvidás
De mis idas, de tus vueltas y te vas…
No esperés
Que alguien busque dentro tuyo otra vez,
La señal
Que me muestre si volvés o adónde vas…
Sin despedirte vás…
Siempre es igual, vivo como un sueño sin paz.




domingo, 14 de marzo de 2010

Todos mienten.

Hace unos días que estoy leyendo, por recomendación y préstamo de libro a cargo de un colega y amigo cuervo, “Lo raro empezó después”, de Eduardo Sacheri. Este autor es, además, quien escribió la novela sobre la cual se basa la exitosa película “El secreto de sus ojos”. Me están gustando los cuentos, pero no los revisaré ahora, ya que mi intención es muy otra.

Primero lo primero: desde esta página quiero felicitar por el Oscar al director del filme, Juan José Campanella, quien no puede dormir desde el domingo esperando mi saludo. Campanella es un director que, evidentemente, sabe captar el gusto popular, ya que “El secreto…” batió récords de espectadores, “El hijo de la novia” hizo lo mismo en su momento, y sé que hizo otras pelis que también anduvieron muy bien. Ah, “Luna de Avellaneda”. Ahí está, me acordé.

También, y esto que digo ahora no es un dato menor para su curriculum, dirigió algunos capítulos de “House”, entre ellos uno en el cual la protagonista había sido violada, y siendo Greg House el primero en tratarla, ella insistía en ser su paciente, y en hablar con él, pese a la resistencia del médico.

Este acercamiento, de algún modo, de lo argentino hacia la serie que revolucionó el llamado “drama médico”, ayudó a que mi idea como fanático de House no muriese en mi cabeza, y me animara a completarla y a difundirla: se han hecho versiones olvidables de series yanquis, como La niñera; se han hecho versiones deformadas de series yanquis, como Casados con hijos. ¿Por qué no hacer una versión argentina de House?

Tenemos el lugar donde se podría filmar: el Hospital Austral. OK, dos millones de cosas que pasan en la serie, no podrían pasar acá, sobre todo lo referente a los controles, que ellos tienen tan estrictos y nosotros tan escondidos. Retomo, el lugar está. El director, lo tenemos, claramente.

Ahora bien, lo jodido es el casting.

Para seguir con la tradición campanelense, el encargado de dar vida al misógino, genial, soberbio, desdichado (en la versión original, “miserable”), herido Gregory House, está bien, lo dejamos a Darín. Podría andar. Cada vez le sale mejor la cara de traste, creo que es el más indicado.

Su único amigo, el oncólogo James Wilson, el que lo salva, lo protege, lo entiende, lo soporta, podría hacerlo Germán Krauss. Si hasta se parecen físicamente.

Vamos con el equipo: Ya tengo a la doc Cameron, porque además tiene que estar en cualquier serie que se precie de tenerme como espectador (y cómo no mirar esta si es idea mía…): la Kloosterboer.

A Robert Chase, que en la oriyinal vershon es australiano, lo podría hacer Iván González, el hijo de Jairo. Ya que hay que tener un tipo que hable distinto, poné a un español.

A la minoría que representa Foreman, debiéramos equipararla con alguna de aquí, pero por suerte no somos tan discriminadores como nuestros hermanos del norte. Así que esta está difícil. A lo sumo, podría tomarse un caso de alguien del interior que, por tal motivo, sufra la discriminación (de House). Un buen candidato podría ser Sebastián Estevanez, si le agrega un tono provinciano, pero este se puede cambiar, estoy abierto a sugerencias.

Silvia Kutica tiene todos los números para ser la dra. Cuddy, la jefa de House, y luego, tenemos al segundo equipo, que estaría compuesto por los siguientes actores:

Oski Guzmán sería el inquieto y eterno adolescente Kutner, con esa mezcla de nerd y cliente asiduo del salto en parapente.

Me hubiera gustado ver a Jorge Ginzsburg en el papel de Taub, creo que hubiera andado perfecto. Pero dado que no es ya posible, tal vez Peto Menahen es quien mejor puede hacer ese trabajo.

Y en el lugar de 13, tiene que estar una que cumpla con los requisitos que Olvia Wilde cumple tan bien. Léase: tiene que ser un avión, tiene que estar muy buena pero no ser hermosa y tener ese halo de misterio que la hace aún mucho más interesante. Ya está: Romina Gaetani.

Ah, no se gasten, muchachos…Ustedes no se creerán que yo soy tan tonto como para largar este diamante en bruto sin resguardos. La idea ya está presentada y patentada; se la presenté al chueco y le fas-ci-nó. Me aseguró que, si los de Valientes no quieren firmar con una reducción de sueldo del 20% para hacer unitarios, la versión local del doctor Casas, sale en junio.

















Vermouth con papas fritas, y Good Show!


PD: La foto de 13 es absolutamente innecesaria, y los tamaños de las ilustraciones de la Gaetani y Marcelita responden al mismo criterio de la aparición de Olivia.

sábado, 13 de marzo de 2010

No woman, no cry



Stop light plays its part
So I would say you´ve got a heart
What´s your part? Who you are
You are who, who you are.

Pearl Jam, “Who you are”, de No Code (1996).

Anoche, luego de comer un asado entre amigos, se me ocurrió pasar por el único boliche abierto del pueblo. Ver la muchedumbre adolescente y ya no tan adolescente, me hizo recordar un poco aquella época de mi vida, no tan lejana pero ya definitivamente oculta tras la calvicie, los kilos y el terrible sueño a esa hora en que la nueva generación recién se acicala para atraer al otro sexo. Bah, lo que se llama la edad y el paso del tiempo.
Muchas cosas han variado desde entonces. Lo primero, es que ya uno no tiene que irse a otra ciudad o pueblo para ser apretujado en un mar de gente transpirada que exuda Impulse o Axe Twist –en los casos más amables-, y además uno ya puede ser torturado con música horrible y muy mal ecualizada, con parlantes que vomitan reggaetón y cumbia como si fueran un exceso de grasas no recomedable en sus cuerpos, con la incomparable ventaja de tener a pocas cuadras un lugar donde comprar cerveza caliente y te la facturen como oro líquido, a 5 veces su valor en el supermercado, o donde conseguir un vaso de fernet sea similar a explotar un pozo de petróleo en el Sahara o en Santa Cruz (donde, por supuesto, las ganancias se las llevan otros), y que, como diversión extra –atenti la tosca que esto todavía no te lo cobran…-, te otorga el privilegio de hacer una filita de seis o siete personas para acceder al, estem, bueno, el baño.
Y dije que este es el único boliche porque al otro lo están remodelando, con lo cual, el antro expulsaba más gente de la que ingresaba, y se notaba la impaciencia de los postulantes al selecto grupo de autorizados. Es que allí, anoche, pasaba todo. Lo que no estaba ahí, quien no se encontraba dentro, no era real. Como en la tele.
Con todo, no deja de ser una gran noticia que el pueblo cuente con centros propios de esparcimiento, que más que esparcir, concentran, pero también creo que lo que dije antes (la edad) me está jugando en contra y la crónica está tomando un color queja muy parecido al ocre o al sepia. Así que, a lo medular.
Pasé por el bar a eso de las 4, decía, ya en retirada, y muchas cosas me llevaron a mi época dorada: la primera fue sorprenderme escuchando No Code, de Pearl Jam, uno de los primeros CD comprados con mis ahorros, y del año 96, del siglo pasado, sí, es decir que yo tenía, en ese momento, la edad de los que llenaban el boliche o las calles aledañas, con una salvedad: al menos uno de cada cuatro que ví, fueron mis alumnos.
La segunda cosa que me sorprendió, es ver la escena que siempre supe que me podía. Puedo resistir ver un choque con heridos, creo que soy capaz de enfrentar a cualquiera que desafíe las normas de civilidad si perjudican al resto, pero lo que nunca pude soportar es ver a una mujercita llorando por amor. Ustedes dirán, y éste cómo sabe que lloran por eso, por un desengaño, una pelea o una infidelidad vista en tiempo real, y no por pelearse con una amiga, porque no la dejaron entrar al boliche o simplemente por sus hormonas alteradas. Les concedo la duda, pero simplemente lo sé, y nunca me equivoco, desde mis catorce pude descubrir cuándo una chica llora por desamor. He visto a mis amigas y compañeras derramar miles de lágrimas de bronca, furia, cuernos, poca hombría, que nunca eran confesadas pero yo lo sabía. Y se asombraban cuando les informaba que lo sabía, sin que ellas ni sus adláteres hubieran mugido nada. Y ver ayer a esa futura egresada de tercero Humanidades, a quien mañana veré con uniforme y cara (de sueño) lavada, anoche emulaba ante su par de damas de compañía, el temporal de la semana pasada.
Casandra, en la Grecia trágica, había sido beneficiada con el don de la profecía, pero como todo anverso tiene su reverso, una de las tantas diosas yeguas (esposas de los dioses piratones) de aquella mitología, castigó a Casandra, acusándola de loca, por lo que nadie creería en sus vaticinios, esterilizando cualquier ventaja de sus adivinaciones. Porque nada es más inútil que una fuente de información sin credibilidad (¿no, doña Ernestina? ¿No es así, don Perro?).
Pues bien, junto con mi don, me había sido otorgado el antídoto: nunca supe qué mierda hacer, decir o gestionar, para cambiar ese estado de ánimo, que me perturbaba soberanamente. En aquellos años felices, intenté convenciéndolas que no vieron lo que vieron, que Gabriel no te haría algo así, o yo lo conozco bien a Fede y nunca se metería con esa mina y menos estando vos de por medio, que te súper quiere, o bien explicándoles por qué Juli no es tan atorranta como pensás, pero si yo fuera Ricky ni lo hubiera dudado, me habría quedado con vos, pero viste cómo somos los hombres de básicos; o también utilicé la negación del suceso, hagamos como si no pasó nada, dale, préndete a jugar al truco que para poner cara de traste ya vas a tener toda la vida, cuando seas grande y trabajes. Y en estos años, los de ahora, los míos, las veo y estoy tentado de parar, explicarles que la vida no se termina cuando tu primer amor decide que se quiere divertir, retroactivo a media hora atrás. Que no pasa nada, que hay muchos peces en el mar, que el cuore va generando resistencia pero no inmunidad, que está bien que nos la juguemos pero siempre hay más fichas, no se pierde todo por apostar a rojo y que el verde cero, sólo es una buena metáfora para arrancar otra vez.
Pero nunca supe qué hacer cuando una flor recién arrancada cree que los giles que primero la riegan y luego la escupen, son necesarios e indispensables, y se empeña en resecarse a lágrimas y moco tendido. Entonces dejo que las amigas consuelen a la moribunda mustia, mientras Eddie Vedder sigue cantando, y Casandra sigue pronosticando buen clima, dato que nos obliga a salir con paraguas.

jueves, 4 de marzo de 2010

Sentado en el umbral de Garfield


Por experiencia propia, sabía que uno tarda bastante en convertir en un hogar, y sobre todo, en su lugar en el mudo, a su primer depto de soltero. Y entonces, quise ayudar de todas las maneras que se me ocurrieron. Aunque la primera idea que debería haber aparecido es la de recordar que no era soltera, que tenía a su novio (ok, no quiso venirse con ella, no aportó demasiadas ideas ni ningún dinero, pero estaba, muy a mi pesar), en vez de eso, decidí que esa casa, la de María, debía tener un toque personal.
Ya de movida, colaboré con el televisor, que se compró con mi tarjeta, ahorrándole un 10%. Con ese dinero, compró la mesa de tv que yo mismo armé, tardando 1h 13m 56s, demostrando mi total inutilidad y mi obstinación para resolver ese acertijo que son los muebles del easy, y mis ganas de no irme nunca, a la misma vez. Qué otra cosa podía esperarse, si me atendían con sánguches de miga y gaseosa, me agradecían la gestión y el armado cada 5 minutos, con comentarios del tipo “y pensar que Juanchi va a tirarse a jugar a la play en cuanto llegue”, o “es más de lo que otros hicieron por mí, y deberían”. Ni Aníbal Fernández con toda la policía me iba a sacar con mi trabajo (el de armar la mesa, entiéndase bien) sin terminar.
El segundo golpe, lo dí a la hora de la merienda. Tenía en casa una cafetera eléctrica que no usaba, y recordaba haber tomado infinidad de tazas de café en su casa de cuando no era una mujer independiente. Entonces, la llevé para allá, junto con una taza con un Garfield que eructaba en clave cómic, que esa taza es sólo para que la use la portadora del nombre.
-Una casa no es de quien la habita hasta que no haya algo con su nombre-dije, muy convencido de estar derrapando en el índice Marley de gansadas, pero también expectante.
-Gracias, es el primer regalo que recibo para mi casa. Espero que no se rompa nunca mientras esté acá.
A diferencia de la actualidad, en la cual las remeras me estallan del tórax para abajo, esa tarde de marzo me reventaba el pecho del agrande, la satisfacción, el orgullo, pero también la cabeza, friendo neuronas pensando el próximo plan.
Así que fui por los puff. Cumpliendo lo prometido, le informé que a la tarde pasaría a dejarle el relleno que conseguí cerca de la oficina, pero como no podía ser de otra manera, fue con bonus track. Sabiendo que la lectura no está entre sus (800) pasatiempos favoritos, pero también conociendo la vida del uniocupante, introduje entre el telgopor (se escribe así) de los puff, “bocas del tiempo” de Galeano, que se lee de a pedacitos o de un tirón, pero es a prueba de lectores vagos y no hay vida que no pueda ser tocada por esa maravilla. Pero volvamos. Dejo el paquetote, me quieren abonar los 35 mangos, me rehúso y salgo corriendo, no sin antes mencionar que, si necesita ayuda, no deje de llamar.
No sólo no llamó. No mandó mensaje. No dio señales de vida. Sino que, además, no respondió mis mensajes, que mandé –para el grado de ansiedad que tenía- muy discreta y poco invasivamente.
A los cuatro días, volviendo del fútbol, pregunto si ya había cenado, dado que yo no y no habíamos hablado desde el delivery de tergopol. Su respuesta fue lo más parecido al penal de Sensini a Völer que yo recuerde:
-No comí, pero mi novio vio el libro y se enteró de la taza y se re calentó, así que no da.
Miles y millones de respuestas hacían el pogo de Ji Ji Ji en mi cabeza. Agresivas, lastimeras, orgullosas, graciosas, no tanto, suplicantes, exasperantes, definitorias, solicitantes, muy agresivas, enigmáticas. Por eso tardé más de 20 minutos en responder con cinco letras que resumieron todo:
-Listo
Casi dos años después, sospecho que esa taza sigue viva, pero que eso no es ya un hogar de uno, y posiblemente se quede ahí cuando se vayan. Aunque quién sabe, tal vez se la jugó y la rompió al toque, convencida que si las cosas no llegan de quien tienen que venir, mejor que no existan. Porque no da.

martes, 2 de marzo de 2010

...Pero mi amor, se acabará alguno de estos días...

Ya no sé qué hacer con vos;
Te adoré desde tan lejos
Que ya no sé quién sos;
Y estuve tan desahuciado
Como un zorzal sin voz.

Te amé tanto que jamás
Lograrás que te respete
Como un humano más
Ya sabés de lo que hablo,
De lo que soy capaz…

Y por qué ya no buscarte,
Y por qué seguir.
La resaca de tus labios
No tiene hacia dónde ir

Dos perros solos pero juntos:
Eso somos vos y yo
Apurando a medianoche
La partida de ese ardor
Que se fue sin marcar rumbo
Ni dejar la dirección;
Después de brindar con besos
Se detuvo mi reloj.

Ahora veo de nuevo el sol:
Levanté la vista al frente
Y no uso más reloj
Aunque alguna vez al año
Me alegra oír tu voz

Si tu falta me hizo mal,
Tu mal ya no me hace falta,
Cada cual por su lar.
Lo que cuesta cuando llega,
Mal vale si se va

Nada para reprocharme,
Nada por decir,
Lo que pudo haber nacido
Pide paz para morir.

Dos perros solos pero juntos:
Eso somos vos y yo
Apurando a medianoche
La partida de ese ardor
Que se fue sin marcar rumbo
Ni dejar la dirección;
Después de brindar con besos…

miércoles, 24 de febrero de 2010

Para conformarse, se ha inventado el jamás...



A mis 20, no había relaciones que me hubieran marcado, sólo experiencias decepcionantes con mujeres que me gustaban y actitudes decepcionadoras con mujeres a las que yo parecía gustarles. Es decir que lo que había hecho mella en mi afiebrada conciencia primaveral/estival de enamorado, no era the real life, sino las pavadas que decían Dawson Creek y sus secuaces, pelis románticas donde el protagonista loser logra que Love Hewitt le de (una oportunidad…) y las innumerables parejas desparejas que me rodeaban, en donde ninguno de los flacos que salían con las mujeres valiosas de mi círculo parecían tener ningún encanto (lo que los hacía no inferiores a mí, sino iguales, o mejor dicho, permitía que mi autoestima subiera hasta equipararme a esa bola de moscos). Y en ese marco, es difícil medir qué es apropiado y qué no lo es, en este aún desconocido arte de conquistar a la mujer deseada. Tiramos martillazos a cualquier cosa que se asemeje a un clavo.
Entonces, me pareció súper apropiado, irresistible y hasta, reconozcámoslo, divertido, cantar una serenata en su ventana.
Ya tendrán lugar debajo para comentar, ahora sigan leyendo, por favor. No hacía mucho tiempo había descubierto a Silvio Rodríguez, y su canción Y Mariana me cayó justo. También estaba adentrándome (para no volver) en la música cubana en general y el son, la rumba y el guaguancó –lo que, para el mundo, se conoce y vende como “salsa”- por curiosidad percusiva, y resulta que a Mariana, que era alta y tenía un cabello muy rizado que se transformaba casi en rasta, le encantaba la salsa y el merengue. Todo parecía destinado a concretarse, y más teniendo amigos como los que presumo de granjearme. Encaramos la situación con una seriedad digna de mejor causa, y muy pronto los ensayos a 3 voces, con tumbadoras, guitarra y saxo, nos dieron el estado físico para salir a la cancha y romperla.
Llegamos un lunes al domicilio, bajamos los instrumentos y nos dedicamos a esperar alguna señal de vida en la casa, que nos indicara un buen momento para arrancar. Afinamos, repasamos rápidamente las partes del tema compuesto para la ocasión (como no podía ser de otra manera, un tema salsero), y mientras dábamos esos últimos toques, notamos el paso de un móvil policial primero sobre Independencia, luego sobre Libertad, para después verlo en la otra esquina, y otro patrullero (no podía ser el mismo, no le daba el tiempo) pasó nuevamente frente a mi auto. Uno de nosotros comentó como al pasar:
-Qué barrio complicado debe ser éste…pasaron 3 patrulleros por acá. O tal vez buscan a alguien…


No pasaron tres minutos de esa sesuda reflexión, cuando vemos salir de la casa donde estábamos detenidos (la de enfrente de Mariana), a un señor con cara de preocupación, de sueño y de ninguna gana de entender razones que no fueran las suyas.
-¿Qué pasa acá, maestro?-me increpó. Siempre consideré una genialidad la de pegar antes que te peguen, respondiendo a “no hay mejor defensa que un buen ataque”.
-Nada, no se preocupe, jefe…si me da un minuto le explico, bah, le cuento. Estamos…¿vio su vecina, Mariana? Bueno, le estamos…le vamos a cantar una serenata.- Pude adivinar la silueta de la mujer espiando detrás de la ventana, porque no había apagado la luz. El vecino nos miró un rato, pareció tratar de recordar la patente del duna, y, como si la explicación le hubiera llegado recién al cerebro anestesiado, nos azuzó con un tono entre paternal y cacerolero.
-Ah, pero Mariana viene tarde, siempre llega tarde a la noche. Y nosotros, entre vecinos, estamos siempre alertas, porque hay muchas cosas raras.
-Sí, sí…de hecho, vimos como cuatro patrullas, se ve que está jodido.
-Ah…se…está bravo…estem, sí…-el hablar del señor era otra vez, un tanto sacado.
Ya no nos sentíamos aptos, esa noche, para acometer la empresa. Si el vecino tenía entre sus planes escupirnos el asado, lo logró. Así que decidimos volvernos al pago, estudiando las futuras opciones para volver. Algo nos tranquilizó: estaríamos seguros y protegidos, la policía nos salvaría de cualquier ladrón que se aprovechara de nuestra artística ingenuidad.
Luego de contarle a Guille mi experiencia fallida, salí a buscar el almuerzo. La pizza se demoró un rato, por lo cual media hora me fue regalada para sentarme a la sombra de los árboles de la plaza, sobre Moreno. No terminé de llegar a la puerta, que debía golpear, porque Guillermo me metió prácticamente a la fuerza para adentro, con el rostro desencajado:
-Boludo, ¿ qué hiciste anoche?
-¿Y qué te conté? Lo de la serenata, pero te dije también que no pudimos…
-Bueno, ni se te ocurra. Acaba de caer la mina ésta, a cagarte a trompadas. Menos mal que te fuiste. Me dijo de todo. Que eras un mentiroso, un desubicado, que a su casa no tenías que ir, que no te quiere ver nunca más, y que fue una lástima que no los haya agarrado la policía. Es más, me dijo…pará que trato de acordarme textual…ah, sí, me dijo: “no entiendo por qué no los llevaron presos. Debe haber sido mi vecino, que me lo contó y se cagaba de risa, porque la mujer de él le pidió al comisario que los metan en cana”. Así que yo en tu lugar, me borro.
No hay cosa a la que le tenga más miedo que a la policía. Y a una mujer enojada. Entonces, acaté.
Año y medio después, de casualidad, la veo en un bar en el que ella trabajaba desde esa noche, y al que yo frecuentaba hacía unos cuantos findes. Su mirada no fue muy amistosa pero, profesional al fin, saludó. Y en cuanto la gente empezó a mermar, me acerqué a conversar el incidente. Me aceptó la disculpa, me aclaró que su enojo era porque yo dije boludeces (que juro no haber dicho), y me sorprendió dándome un beso en la mejilla –le daba la espalda y aplicó por atrás- cuando se retiró del bar.
Antes del hecho cuasi policial, del encuentro en El Mateo y de verla con un muchacho bastante mayor de la mano por San Martín, ya había sacado la conclusión que, de todas las pavadas que he hecho por culpa de las mujeres, ésta es una de las que menos ganas de arrepentirme me generan, tal vez porque fue hecha con sinceridad, arrojo, espíritu lúdico festivo, aunque haya sido una derrota catastrófica. Como le dijo Valdano a sus dirigidos una tarde que jugaron para golear y perdieron 4-0: “cuando se juega así, hay permiso para perder”.

martes, 23 de febrero de 2010

Para pretender, el mundo es largo...


Cuando en la mano sólo tenés un martillo, lo único bueno que te puede pasar es que te lluevan clavos, pensé, y fue lo único que me animó. Mariana era (se notaba) una mina ya hecha. Mucho más grande en edad y en vivencias, no fueron muchos los datos que pude recabar entre mis conocidos, aunque de a poco fui sabiendo: que era guardavidas en la sociedad Italiana, que había tenido una historia con el dueño de la zapatería donde trabajaba –donde yo la descubrí-, que tenía una moto roja, y que no era yo solo el que pensaba que estaba buenísima. Guille un día se ofreció a hacer mi recorrida laboral para verla y lo confirmó.
Todo este cardumen de datos, sumado a mi implacable timidez, obligó a que fuera muy pensado el martillazo. No tendría muchas posibilidades de pegar. Entonces, fui a lo seguro, a lo que no falla, al certero zarpazo del león: dejé una nota anónima, al costado del local, donde sólo ella accedía para guardar el scooter cuando volviera de almorzar.
Me sorprendí la tarde siguiente, cuando en el mismo lugar, encontré el reverso de mi nota, con una letra que no era la mía, que pedía muy poca información:
-¿Edad? (sin mentir)
Mi siguiente misiva, ya fue firmada. Respondí a su pregunta, con una verdad a medias:
-En enero cumplo 23.
Y era a medias, porque sí cumplo en enero. Pero eso fue a fines del 99, con lo cual a la respuesta le sobraban tres años. De todos modos, días más tarde, me apersoné en el local, presentándome como un amigo al que le gusta escribir a las mujeres bellas. Como era de suponer, la mentira duró poco, y quedó abierto el juego. No me echó a patadas, y eso ya era una buena señal. Sobre todo luego de poder mostrar mis verdaderas intenciones, al mismo tiempo que la hacía reir por primera vez desde el inicio de nuestra charla.
-¿Qué estás leyendo?-dije, señalando con un golpe de mentón al ejemplar que dormía al lado de la registradora.
-“tus zonas erróneas”-respondió interesada, ya que le había informado de mis estudios. Esperó un juicio crítico del libro, pero recibió muy otra cosa:
-Y decime…¿cuáles son tus zonas erróneas? Porque, la verdad, no se ven…
-Todos tenemos zonas erróneas, vos también las tenés- me tiró, haciéndose la desentendida. Pero entendió. Y sonrió, por primera vez, para mí.
Con el primer martillazo asestado, intenté más acciones destinadas a torcer su voluntad, que era, claro, no darle bola a un muchacho diez años menor que ella. Por eventualidades que aproveché, como que un amigo viviera cerca, logré conseguir su dirección, de su propia boca. Y una vez confirmado el dato, me aboqué al mazazo final, lo último que en mi mente inexperta y fantasiosa y desconocedora por completo del alma femenina y del sentido de la ubicación, consideraba como el golpe maestro que me aseguraría el éxito, la gloria o Devoto pero sin la parte que puedo ir preso. Los hechos me demostrarían que me apuraba a eliminar la segunda parte de la consigna.

domingo, 21 de febrero de 2010

O si no, no serás nada...

Hace unos años, discutiendo con mi viejo a causa de un comportamiento de los usuales en mí –vale decir, hacerme el boludo para no tener que cumplir con determinada tarea-, me dijo una frase que me dejó pensando ese día y a decir verdad, cada tanto me aparece a causa de acciones mías o de otros. A una tarea no cumplida, le agregué todas las excusas posibles, incluso un “qué querías que hiciera”, a lo que siguió su respuesta contundente:
-Vos tenés que hacer lo que tenés que hacer.
Y pensé mucho en tal respuesta. Obvio que uno analiza quién, cómo y por qué lo dice. Y también, qué es “hacer lo que se tiene que hacer”. Contextualizando la frase, hacía referencia a ayudar a mi abuela en lo poco que podía, ya que sufría una enfermedad terrible que se llevó su vida (padeció lo mismo que el negro Roberto Fontanarrosa, lo cual me lleva a pensar que es una enfermedad que sólo ataca a grandísimas personas), y de las muchas cosas que no podía ya hacer por su cuenta, me debo haber asemejado a un perro que pateó la olla, para después excusarse con huevadas.
Pero no era eso lo que movía a mi viejo a reprochármelo; me acusaba de fallar en algo en lo que mucha gente se especializa: el “deber ser”. Sin duda era mi deber de nieto cumplir con esa labor, pero me llevó a pensar cuánta gente se deja llevar por esa carga impuesta las más de las veces (pero no pocas veces autoimpuesta), y lo mal que resulta para nuestros sueños esa situación.
Me acordé de algún amigo que tiene que hacerse cargo del negocio familiar, para lo cual no tenía ningún talento. Lo ayudó la poca perspectiva que tenía su desarrollo académico, porque, aún proponiéndoselo, no lograría copiar un fragmento de doce renglones del deportivo de clarín sin faltas de ortografía. Y también, el hecho de que no se requería ningún talento más que el de manejar una camioneta y no tirar los maples de huevos, para ser considerado un empresario del rubro.
Tuve muy presentes a todos los músicos que hicieron trizas los sueños clasemediáticos de sus esforzados padres, dedicándose full time a aporrear el piano, sin un título de médico, abogado o ingeniero. Éstos pibes, agradecidos y endeudados moralmente (a diferencia de má y pá, endeudados monetariamente), sentían que no podían dejar de tocar si no se transformaban en el nuevo Horacio Lavandera o la nueva Martha Argerich. Estaban en mi memoria, también, los que siendo de la misma manera músicos por opción, se volcaron al rock, es decir, dejaron de aporrear el piano para aporrearse a sí mismos, avanzaron en el conocimiento y ya no duermen ni comen por el rock, que para ellos ya es un estilo de vida que hay que seguir y no la música, que cada vez tocan menos; para ellos, Pomelo es un pelotazo en contra, porque el reviente sigue siendo la tarea a cumplir, pero ahora se les ríen porque saben cómo llamarlos…
Ser padres es todo un tema, y sobre todo, de hijos no buscados. Y ahí el deber choca de frente contra nuestra idea de cómo llevar la vida. Porque por lo general, la edad en la que tenemos hijos coincide con el tiempo en que les sacamos la ficha a las cagadas de nuestros padres. Entonces, o hacemos todo lo contrario a lo que hicieron, porque no nos gustó en su momento, o juramos que no repetiremos esos errores, para cometerlos toditos y hasta con las mismas palabras, en cuanto haya alguna chance. Y si nuestros padres se separaron, o bien juramos ser los mejores padres del mundo y quedarnos siempre como una familia, o dudamos de nuestras ganas y nuestra capacidad para traer un hijo al mundo.
Muchos buscamos una mina “para poder presentarle a nuestra familia”, en la teoría. Pero si es una santa, probablemente busquemos otra paralela para no aburrirnos. Ellas, igual, lo tienen más pior. Muchos continúan la carrera de sus padres porque no quieren ni escuchar que los saquen de su burbuja en donde todo funciona. Una vez recibidos, ya saben para dónde tienen que ir, porque la huella está bien marcadita. La mayoría de los padres de la gente de mi generación continúa aún casada (no ya los que hoy tienen 45/50, sino los un poquito más grandes), porque todavía tienen la mochila del deber ser. Muchos políticos, en sus casas, juran dejar todo el próximo verano, y disfrutar de la vida que la lucha por el país que soñaron (ellos o sus patrones), para romper promesas –de nuevo- en la siguiente elección, porque renovaron contrato o porque realmente creen que pueden.
Y hasta algunos, porque hay que seguir con lo que viene, se compran un departamento en la ciudad y se van a planear su casamiento…

lunes, 15 de febrero de 2010

No todos se aburren en el hotel

Hombres, disfruten. Mujeres, envidien.
Cuán fácil es su vida!
http://www.youtube.com/watch?v=Ci1r6f0o3_I

miércoles, 10 de febrero de 2010

Basta de mirarme así



Las dos últimas cosas que supe del negro Valentín, hasta ayer, fueron: la primera, que un sábado a la noche, tal vez motivado por los objetos ofrecidos en la vidriera, destrozó el cristal de una peluquería del centro del pueblo, llevándose además varias pelucas que estaban en exhibición. Su explicación no fue mucho más aclaratoria que la nota del bisemanario que se encargó de difundir el hecho policial como una curiosidad (“me pintó”, fue la filosófica y polémica declaración al oficial que lo miraba ya no tan atónito como asustado); mas un tiempo después resolvió (el negro, no la justicia) que la hija del coiffeur, quien lo miraba mal cada vez que él pasaba por el negocio, y la cabeza que portaba la peluca rosa con permanente, que también lo miraba mal, lo provocaron y no encontró mejor manera de responder a tamaña declaración de guerra, que invadiendo territorio enemigo.*

La otra cosa que tuve el privilegio ya no de saber, sino de comprobar empíricamente, teniendo un téte a téte con él, es que es insoportable después de los primeros quince minutos de charla. Porque sus historias no tienen sentido, como si te estuviera contando un cuento leyéndolo de un libro que sólo conserva las hojas impares (y que no sean múltiplos de tres o cinco), y tratar de rearmar el diálogo luego de sus silencios es prácticamente imposible. Para alguien con cierta dificultad para entender determinados códigos de “la historia”, de “cómo pega tal o cual”, podría ser ardua la tarea de hilar los párrafos, ora larguísimos, ora bisilábicos, y lograr captar la anécdota. Para mí, que tengo esa traba y esa noche además me había autoimpuesto cuatro veces no tomar más (había alguien que decía que tenía gran fuerza de voluntad, porque había dejado de fumar 278 veces), fue directamente un suplicio auspiciado por del dueño de casa, nuestro amigo en común, quien como ya lo había padecido desde mucho antes, eligió compartir ese privilegio (el de la caída por sorpresa como siempre hacía), dejándome solo con Valentín.

No hacía falta ser demasiado avispado para darse cuenta que el negro tenía un físico apto para la lucha y el esfuerzo; si bien no era muy alto, no tenía nada de grasa en su cuerpo, eran cadenas de acero pegadas a los huesos. Y creo no recordar mal si digo que boxeaba en algún club. Sé que sus diversiones tenían bastante que ver con los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, o que al menos tuvo un montón de ellos. Dado que soy un apóstol de la no violencia, sus historias (ahora me doy cuenta) no me atrapaban por estar, muchas, fuera de mi alcance de razonamiento.
Así, entonces, tuve conocimiento de este muchacho, hace unos cuantos años; se lo solía nombrar en lo de Piter, como alguien a quien no se lo espera (a quien, en realidad, no se lo desea recibir); y antes de mi viaje al Uruguay, me pareció escuchar a Willy decirle al Piter “te manda saludos el negro, dice que hoy va a tu casa”.

Hoy, caminando por la dieciocho, llegando a la esquina de Convención, veo a alguien con unas facciones familiares, lo cual, obviamente, en la ciudad capital de un país vecino, hace ruido en la cabeza. Famoso no es, pensé. Entonces es argentino…es una cara particular…ya está, me dije. El negro. Iba a llamarlo, pero inmediatamente varias ideas golpearon como cachetazos que se le dan a quien se desmaya: no te va a conocer; de qué vas a hablar; y la más preocupante: mirá si se te queda pegado.

Rápidamente, entonces, desistí del encuentro, pero el destino es muy mal perdedor. Esa noche, pese a recorrer varios locales de Abitab para comprar la entrada, no pude conseguir mi acceso al desfile de llamadas, por lo cual decidí ir y verlas de parado, con la suerte que había municipales vendiendo remanentes de sillas, así que terminé instalado cerca del palco oficial. Esto hizo que pudiera ver a las comparsas desfilando en su mejor momento, buscando la mejor forma de bailar, sonar, agitar banderas, para impresionar al jurado. Los tambores del candombe rompían el aire, eran una manada de toros haciendo vibrar el suelo. Pero lo justo es justo, y luego de la agrupación número quince, todo es más o menos igual (en realidad, hasta peor, ya que las vedettes van decayendo conforme la comparsa sale atrás), con lo que ya estaba levantándome cuando, por segunda vez en el día, algo sacude mi paz.

Un moreno en cueros, con un tatuaje inmenso de tres gorilas entrelazados, se acerca (muy poco) respetuosa, alegre y cortésmente a correr a los fotógrafos oficiales, a los vendedores de pop (pochoclo, acá), a los nenes, y a cualquiera que pudiese estorbar el paso de la comparsa que ya venía con destino a Isla de Flores. Tenía la cara pintada del mismo modo que la cuerda de tambores, pero no me engañó: el negro. Por segunda vez, estuve tentado de gritarle, llamarlo, presentarme, hacerle el diagrama de cómo lo conozco. Pero en cuanto abrí al boca para articular un sonido, lo vi tomar del brazo a un fotógrafo, haciéndole soltar la cámara, y ante las quejas de los colegas, lo vi romper esa cámara tirándola al piso; me vio tratando de esbozar alguna palabra (no referida al incidente, claro), y me dijo en un tono no muy amistoso:
-Tú no viste nada, bó.

Me fui tranquilo por las calles de Montevideo, pensando que el mundo es muy chico, que hay gente a la que siempre es mejor perderla que encontrarla, y que una hamburguesa después de cinco horas de desfile de llamadas, no me vendría nada mal.

*(Por cierto que hay una razón mucho más verdadera y valedera, pero sería acusado de reduccionista, discriminador, pacato, y demás cosas que recibe quien alega consumos de sustancias “x”, por ende, la teoría del maniquí decapitado que mira con aires de sobrador tiene perfecta vigencia…)

martes, 9 de febrero de 2010

Estados de ánimo de un sábado invernal desde que oscurece.


Siesta. Historia soñada. Sobresalto. Ilusión de concretar sueño. Llamado. Invitación. Propuesta. Discusión. Lugares. Donde quieras. Ahí no. Batería baja. Llamado al fijo. Susurros. Bueno, vamos. Más tarde. Ducha. Plancha. Perfume. Nafta. Beldent. Timbre. Sentáte. Ruido de ducha. Pollera. Pantalón. Otra pollera. Zapatos. Dios es sabio, no somos ciempiés. Maquillaje. Salimos. Viaje. Charla. Nervios. Le digo. No va a querer. Ma sí, le digo. No quiso. Música. La de ella. Quejas. Cambiá de amigas. Llegamos. Mesa. No, de este lado. Vino. Cena. Preguntas. Calor. Postre. Vos. En serio, tarado. Vos con frutillas. Beso. Caricias. Volvamos temprano. Oscuro. Acá está bien. Manos. Muchas. Seguros bajos. Piel tersa. Lenny Kravitz. Besos. Chau blusa. Abrazo no fraternal. Tenés, imagino. Sí, tranquila. Atrás. Comunión. Gemidos. Roce. Calor. Vidrios empañados. Viene alguien. No. Somos uno. Boca. Mejillas. Frente. Cuello. Corazón. Bueh, entre esas está. Uñas clavadas. Ruidos. Pasa auto. No frenó. Ritmo. Placer. Galope. Explosión. Humedad palpable. Exhalación profunda. Soy almohada. Bajamos. Vidrios, no nosotros. Vecina. Amenaza. Rajemos. Olor a. Qué bien suena cuando lo dice ella. Vamos. Muy despeinada no. Mal cerrado. Guiñada, ya entré. Sueño. Autopista. Garaje. Heladera. Porrón. Dormir. Soñar no. Despierto es mejor.

viernes, 5 de febrero de 2010

Parece mentira las cosas que veo, por las calles de...

La primera escena es de hace un par de meses; siempre doy unas vueltas por el pueblo antes de irme a dormir, para ver si sigue todo igual (igual de chico, igual de bien, igual de mal). Y claro, recorro ciertos lugares puntuales, esperando ver quién sabe qué. En una de esas tantas vueltas del perro que se muerde la cola, entre su casa y un nuevo café con nombre de figura poética, los veo (a ella y a su novio) caminando con un desgano digno de mejor causa, hacia el café, para hacer algo, vio?
La segunda escena, es del lunes pasado, cuando, sin escuchar, pude reproducir en mi mente el cuadro, sin temor a equivocarme: ella señalando el auto, él cargando las bolsas de la verdulería, ambos con cara de no querer estar en ese lugar. “Ahí, ahí está, poné las cosas en el baúl, haceme el favor, dale, apurate”.
¿Será que simplemente soy un tipo con suerte, que no ha caído en las garras del desenamoramiento y la rutina, o soy tan pero tan ingenuo (sepan perdonar mi liviandad para juzgarme, donde dice “ingenuo” coloquen “estúpido”) que sigo creyendo que esas cosas a mí no me van a pasar?
De momento, debo decir que bastante bien las estoy evitando. Claro que al precio de no tener quién me pregunte qué hago escribiendo a las 3 de la mañana, si no tengo sueño, si no pienso dormir, porque mañana hay que hacer un montón de cosas, hay que hacer el pedido en la verdulería, sabés que no me gusta hacer sola las compras, claro, porque como yo sola, la sandía entonces traétela vos, y a la noche vamos hasta oxímoron, que no me sacás nunca a ningún lado…
Cuán fácil es mi vida…

jueves, 4 de febrero de 2010

Y un día, un día te veré contento...

...El día que te abrace el viento, de Durazno y Convención...